¿Qué tipo de estado se necesita?
¿Qué tipo de estado se necesita?
CR. Domingo Ricardo Godoy
Muchas veces nos preguntamos ¿qué tipo de Estado queremos?, ¿qué tamaño es necesario? … ¿debe intervenir en la economía y en la vida social o no? Éstas preguntas agobian a politólogos, sociólogos y a economistas. En cierta forma se “dividen aguas” en la concepción y acción … siempre que los dirigentes muestren responsabilidad y se lo cuestionen. La experiencia muestra que la tentación de lo ideológico surge inmediatamente…y como siempre es fácilmente aceptada.
El menor Estado posible es la respuesta “políticamente correcta” en la actualidad…y los vientos van por ese lado. Es la lógica reacción extremista al lento socialismo burocrático que nos estaba consumiendo.
Acción estatal directa
Siempre hay una excusa para la acción directa. Hemos vivido observando y sufriendo la intervención y regulación total de los estilos de estatismo colectivista. Ese Estado “hacedor”, “benefactor”, prioritariamente interventor se observa en muchos países. El nuestro, nuestra provincia y nuestros municipios también son sometidos a dichas influencias. Venimos tolerando el intervencionismo desorganizado desde hace mucho tiempo…lentamente y persistentemente. No está de más decir que la gestión e intromisión socio-cultural de los Estados, en sus distintos niveles, son caóticas…generan desconfianza en la gente y por eso se descree del país y del porvenir. Desconfían y evitan la riqueza del desarrollo de las entidades intermedias, de la acción participativa privada ciudadana. Como dice Chesterton se alimenta la plutocracia, cuando no las modernas “cracias”: la ineptocracia, pasando por la cleptocracia…que no debemos olvidar fue desarrollada -manteniéndose latente- con todo éxito. Eso solucionaría el sobre ¿cómo se harán las cosas y quién las llevará adelante? Regular a mal.
Los dirigentes -supongamos con buena intención- sin proyectos, sin programas, sin planes, apuntan en forma arribista al Estado. Creen tener poder, decidiendo de forma inconsulta; porque necesitan recursos para aplicarlos en lo que se les ocurre: caprichos o discrecionalidades desconsideradas.
Sumemos que no tienen “gimnasia “en el servicio al bien común. Muchos parten de su soberbia y subjetividad. Subestiman a la ciudadanía. Avanzan -porque son impunes- ya que la Patria no demanda.
Necesitan orden, intelectual y personal. La estrategia y visión del estadista brilla por su ausencia. Buscan recursos de un Estado quebrado, que pretendió antes vivir con endeudamiento y hoy con sueños de repatriación de capitales que no confían en el país. No están acostumbrados a servir ni a participar. Sobre-dimensionan plantas de personal de administraciones públicas porque no saben hacer; porque como plutócratas piensan en sí mismos y no en el bien común; confunden bien común con prevendismo.
Los ciudadanos pagan impuestos para tener servicios públicos, pero luego contratan seguridad y viven en barrios privados protegidos; contratan educación privada ante la falta de calidad de la estatal; pactan seguros de vida o ahorran (si pueden) en moneda extranjera; contratan salud y transportes privados transitando deterioradas vías de comunicación. La soñada multiplicación de los propietarios -diseñada por Belloc en su propuesta distributista- está lejos de ser posible.
Lejos de un Estado deseable, la modernidad no siempre expresa lo que se necesita y confunde la imagen de ese deplorable objetivo como oportuno. Sintetiza, las soluciones a respuestas (hoy ausencias) presupuestarias. Fácil es destruir un Estado o proponer soluciones mágicas. Lo difícil es llevar adelante lo que se debe hacer, lo que realmente se necesita…Pensamos, lamentablemente, que también es difícil cambiar una inercia de la comunidad, la inoperancia o falta de creatividad de las entidades intermedias y la voluntad de reacción de una población desposeída lentamente de su libertad.
Estado deseado y posible
El Estado ambicionado es ordenado y evita el caos. Se ocupa de la calidad de vida de sus familias; vela por derechos fundamentales y promueve el mejoramiento personal y temporal, colaborando con la superación intelectual y material. Vale decir: suscita el bien común. Los tiempos modernos imponen otros rubros de acción: el desarrollo económico INTEGRAL, el respeto ambiental, el ordenamiento territorial, acceso a vinculaciones virtuales, entre otras.
Ese tipo de institución merece una acción dirigencial de tipo estratégica, visionaria y trascendental. El oportunista no es útil para este modelo. No es adecuado para cambiar al Estado. No está imbuido de la necesidad de respetar e impulsar a la sociedad a una vida en libertad, generosa con la existencia y optimizadora de recursos. Queremos más impulsores que ejecutores básicos.
El dirigente que ha ejercitado su preocupación en lo socio-económico ha vivido, servicial y creativamente, lo privado. Su legitimidad representativa no deviene de la “rosca” sino del servicio a lo social. Reconocer las prioridades de las familias, respeta las instituciones que unen, impulsa la solidaridad entre personas e instituciones, recordando la probada debilidad del individualismo. Ese dirigente, no sintetiza todo en lo monetario.
La actualidad merece ese tipo de dirigente porque escucha, aspira la dignidad humana, conoce los roles de los participantes sociales. Respeta y visualiza las potencialidades. Las impulsa y suscita. Armoniza más que confronta. El hacer productivo, es propio de lo privado. La economía es de ámbito privado. El Estado moderno y sus administradores anticipan el futuro, activan potencias privadas para optimizarlas en ese desarrollo integral. Identifican necesidades básicas y buscan prioridades en sus satisfacciones. No hacen, sino en forma subsidiaria. El tamaño del Estado dependerá del respeto a esa acción subsidiaria y de la prudencia dirigencial para implementarla. Promueven que se haga. No construyen: ayudan a construir. Controlan la evolución creativa de una sociedad que merece ser escuchada, merece ser libre para ser grande, espera ser respetada en su creatividad.
