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Capital y trabajo: cómo recuperar el equilibrio del crecimiento

Capital y trabajo: cómo recuperar el equilibrio del crecimiento

Civilidad mantuvo una conversación con Ignacio Garda Ortiz sobre la economía, la propiedad del capital y los desafíos que plantea el futuro. No interesaba conocer sobre su posición respecto de la relación entre capital y trabajo, tema que ocupa buena parte de los grandes debates económicos de las últimas décadas. La transformación de una economía predominantemente familiar y rural en una economía industrial y salarial modificó no sólo las formas de producir, sino también la estructura social y la distribución de la riqueza.

En esta entrevista para Civilidad, Ignacio Garda Ortiz propone revisar ese proceso desde una perspectiva particular: el desequilibrio entre la capacidad de producir y la capacidad de consumir, la concentración del crecimiento económico y la necesidad de ampliar el acceso de los trabajadores a la propiedad del capital.

Garda Ortiz se nutre del pensamiento de Hjalmar Schacht, Pio XI, Ernst Friedrich Schumacher, Louis Kelso, Jimmy Goldsmith y Roberto Pincemín y recorre sus reflexiones y propuestas para llegar a una pregunta que considera central para las próximas décadas: ¿cómo lograr que los trabajadores no sean solamente propietarios de su fuerza de trabajo, sino también partícipes del capital que genera el crecimiento?

Garda Ortiz sostiene que la respuesta no debería buscarse exclusivamente en el mercado ni exclusivamente en el Estado, sino en una combinación que permita recuperar el equilibrio entre producción, consumo, inversión y distribución del crecimiento.

—Para comenzar, ¿cómo explicaría los grandes cambios que experimentó el equilibrio económico a lo largo de la historia?

—Hay que comenzar por observar que, hasta la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, predominaba una economía de carácter familiar y rural. La familia era, en buena medida, unidad de producción y de consumo. Se producían materias primas, se agregaba valor mediante actividades artesanales y existía una relación mucho más directa entre trabajo, propiedad y producción. Después de la Revolución Industrial comienza a desarrollarse una nueva estructura económica: la economía industrial salarial. La población rural comienza a trasladarse hacia los grandes centros fabriles y se consolida una economía basada en el trabajo asalariado individual. Esto modifica profundamente el equilibrio social y económico.

—¿Qué ocurre después de la Segunda Guerra Mundial?

—Después de la Segunda Guerra Mundial aparece una nueva situación. Había que reparar los enormes destrozos provocados por la guerra y, al mismo tiempo, reinsertar a una sociedad que había estado fuertemente militarizada en una actividad económica industrial y salarial.

En esa coyuntura, entre 1945 y 1960, se formula la propuesta keynesiana vinculada al “Gasto Público Social” (GPS) que se convierte en una herramienta para impulsar la reconstrucción y la actividad económica (1). En América Latina encontramos también la llamada Alianza para el Progreso que produce la aparición de problemas vinculados con la relación entre el gasto público y el crecimiento del Producto Bruto Interno. Cuando el GPS supera el crecimiento del PBI comienzan a producirse fenómenos inflacionarios. Y es en ese contexto que aparece otra propuesta de carácter transnacional: límites del crecimiento.

—¿Qué consecuencias tuvo esa nueva visión?

—Desde nuestra perspectiva, la propuesta transnacional, vinculada también a determinadas concepciones económicas derivadas de David Ricardo, termina planteando una subordinación de los países periféricos respecto de los grandes centros industriales, tecnológicos y financieros. Otros autores (Schacht, Schumacher, Goldsmith, Kelso, Pincemín entre otros), desde distintas formulaciones, retoman laa idea que se debe abrir la propiedad del capital a los trabajadores asalariados. Podríamos sintetizar el recorrido con esta cronología:

1750-1789: Revolución Industrial y nacimiento de la economía industrial-salarial.

1945-1960: reconstrucción de posguerra y expansión del Gasto Público Social, asociada a la Alianza para el Progreso.

1960-1974: aparición y expansión del planteo de Los límites del crecimiento.

2025-2050: el desafío de desarrollar nuevas formas de participación de los trabajadores en el capital.

—Usted plantea que el problema central tiene relación con el equilibrio entre producción y consumo. ¿De qué manera?

—El planteo que queremos desarrollar para ordenar la actividad económica productiva en función de la realidad actual y futura parte de la necesidad de recuperar el equilibrio entre la capacidad de producir y la capacidad de consumir. La propuesta que surge de allí es muy concreta: abrir la propiedad del capital a los trabajadores.

—¿Quiénes recogieron posteriormente ese desafío?

—La mayoría de quienes recogieron ese desafío numerosos economistas que buscaron desarrollar propuestas concretas de aplicación. Podemos mencionar a Hjalmar Schacht, ministro de Economía de Alemania en 1932, y sus mecanismos de financiamiento vinculados a las letras MEFO y las Cajas de Conversión. También a Ernst Friedrich Schumacher, que desarrolla una crítica a determinados modelos de desarrollo y propone el financiamiento de tecnologías intermedias. Su pensamiento queda expresado especialmente en su libro Lo pequeño es hermoso. Luego aparece Louis Kelso, con su teoría de la Economía de Dos Factores, desarrollada desde los años sesenta. Más adelante encontramos a Jimmy Goldsmith, con La trampa, publicada en 1980, y a Roberto Pincemín, con Capitalización Popular, de 1990, y posteriormente Antimodelo. Todos ellos, desde diferentes caminos, intentan responder al mismo problema.

—¿Cuál es el concepto económico que permite comprender esas propuestas?

—Hay que distinguir entre el Capital F1, que es el capital inicial, y el crecimiento del Capital F2, que se produce dentro de cada ciclo económico productivo. El capital F1 proviene de una actividad anterior al ciclo económico que estamos considerando. Es el capital previamente existente: ahorro, financiamiento bancario, deuda o capital acumulado. El F2, en cambio, se genera dentro del propio ciclo económico mediante la asociación del capital y el trabajo. Esto es fundamental porque nos permite entender que el crecimiento económico tiene dos factores distintos. Podemos expresarlo esquemáticamente:

F1 = capital anterior: ahorro + banco + deuda
F2 = capital + trabajo asociado dentro del ciclo
F1 + F2 = crecimiento

Si el F2 es generado por la asociación del capital y el trabajo, entonces debemos abrir la propiedad de ese crecimiento a los trabajadores.

—¿Por qué considera tan importante distinguir entre F1 y F2?

—Porque si no hacemos esa distinción, tendemos a considerar que todo el crecimiento pertenece exclusivamente al capital previamente acumulado. Pero una parte del crecimiento se genera dentro del propio ciclo productivo mediante la asociación del capital y el trabajo.
Por eso la cuestión no consiste simplemente en aumentar salarios. El planteo es mucho más profundo: incorporar a los trabajadores a la propiedad del capital que participa en la generación del crecimiento.

—¿Esto significa que su propuesta se ubica fuera de las posiciones tradicionales de mercado o de Estado?

—Exactamente. La propuesta no surge ni del mercado liberal ni del Estado socialista. Parte de aplicar la Justicia Distributiva sobre la Justicia Conmutativa propia del mercado. El mercado cumple una función vinculada a la Justicia Conmutativa. Pero el Gobierno tiene una responsabilidad en materia de Justicia Distributiva. No se trata de eliminar el mercado ni de reemplazarlo por el Estado. Se trata de que cada uno ocupe su lugar.

—¿Por qué considera que esto es necesario?

—Porque el mercado tiende a polarizar el crecimiento. Si dejamos actuar exclusivamente esa tendencia, la riqueza se concentra progresivamente. La Justicia Distributiva debe intervenir para resguardar un crecimiento proporcional y corregir, en cada ciclo económico, esa tendencia polarizante. Es el fenómeno que se sintetiza en aquella expresión de Boutros Ghali, vinculada al PNUD en 1993: “los ricos son más ricos y los pobres son más pobres”.

—¿Qué consecuencias tiene esa polarización?

—Tiene una consecuencia económica muy concreta: genera déficit de demanda. Cuando una parte creciente de la riqueza queda concentrada, disminuye la capacidad de consumo de una parte importante de la población. Eso frena la economía nacional, aumenta la pobreza y termina desplazando el problema hacia el asistencialismo del Estado. Se produce entonces una especie de estatización de la pobreza. Pero hay que observar dónde está el origen del problema. Desde nuestra perspectiva, el impulso original hacia esa estatización está en la concentración del capital producido por el mercado libre.

—¿Entonces considera que tanto el liberalismo de mercado como el socialismo de Estado terminan generando problemas?

—Considero que ambos representan polos de la misma polarización del crecimiento. Nuestra clase gobernante continúa discutiendo entre el liberalismo de mercado y el socialismo de Estado, pero ninguna de esas alternativas nos ofrece una respuesta suficiente ni para el presente ni para el futuro.
No debemos aferrarnos a una ideología, ni de mercado ni de Estado. Debemos considerar a ambos, pero cada uno en su lugar: Justicia Conmutativa en el mercado y Justicia Distributiva en el Gobierno. El objetivo es corregir, en cada ciclo de crecimiento, la tendencia polarizante del mercado.

—Usted sostiene también que la economía terminó convirtiéndose en un plan político. ¿A qué se refiere?

—A partir de 1974 aparece con mucha fuerza el planteo de Los límites del crecimiento, elaborado en el ámbito del MIT, el Instituto Tecnológico de Massachusetts. También aparece el Informe Kissinger. En ese contexto comienza a plantearse una relación cada vez más estrecha entre economía, recursos, población y poder político.

El Informe Kissinger, por ejemplo, plantea una perspectiva en la cual Estados Unidos podría llegar a utilizar su poder militar para sostener la expansión económica de los Estados Unidos. Hoy, en 2024-2026, Rusia plantea cuestiones similares. Y nosotros, en el mundo periférico a la OCDE, terminamos asistiendo a ese conflicto preguntándonos cuál será nuestro próximo conquistador.

—Volvamos entonces a la propuesta central. ¿Cómo se puede concretar la apertura del capital a los trabajadores?

—La cuestión central para nosotros es encontrar las formas concretas de aplicación de ese principio. No alcanza con formular principios generales. Hay que desarrollar propuestas concretas. Pequeños grupos de trabajo deberían elaborar y experimentar distintas propuestas antes de llevarlas al gran público. Porque el público valorará las propuestas fundamentalmente por sus resultados. Los políticos pueden discutir hasta el infinito, pero si parten de diagnósticos falsos o incompletos, las soluciones también estarán equivocadas. Y los fracasos reiterados favorecen a quienes viven de esos fracasos y terminan debilitando todavía más la confianza en las instituciones y en la política. “El buen diagnóstico es la base de una buena terapéutica”.

—¿Existe una única fórmula para lograr la participación de los trabajadores en el capital?

—No. Y esto es muy importante. La apertura de la propiedad del capital a los trabajadores puede tener varias formulaciones simultáneas. Los principios generales no cambian su naturaleza, pero deben ser aplicados a situaciones concretas y particulares. Debemos recuperar un verdadero entramado asociativo. Las diferentes propuestas no son excluyentes. Cada una puede intentar solucionar un aspecto particular de la polarización del crecimiento y del empobrecimiento de los trabajadores.

—¿Y qué ocurre en una economía inflacionaria como la argentina?

—Aquí aparece una cuestión especialmente relevante para nuestro país. En una economía inflacionaria como la nuestra debemos adaptar mecanismo que permitan capitalizar el retraso del poder adquisitivo del salario real de cada ciclo para transformarlo en ahorro e inversión mediante las denominadas Acciones B de los trabajadores.

—¿Qué significa esto?

Que una parte del ingreso que el trabajador no pudo consumir debido al aumento de los precios del ciclo anterior puede transformarse en una forma de ahorro e inversión. Esto es lo que encontramos en la propuesta de Capitalización Popular de Pincemín.

—¿Qué consecuencia tendría ese mecanismo?

—El ahorro-inversión derivado de ese no consumo transforma a los trabajadores en accionistas de la empresa o del ramo de producción. Las utilidades generadas por las llamadas Acciones B de los asalariados aumentan posteriormente el consumo de una manera que no tiene el mismo efecto inflacionario que un aumento equivalente de salarios.

Hay que distinguir ambas cosas. El aumento de los salarios constituye un costo de producción y puede trasladarse a los precios. Como consecuencia, el salario termina comprando menos. En cambio, cuando el trabajador participa en las utilidades derivadas de su capital, aumenta su capacidad de consumo sin incorporar necesariamente ese mismo costo a la estructura productiva.

—¿Y qué sucede si el consumo continúa deteriorándose?

—La recesión del consumo termina frenando la inversión. Y cuando se frena la inversión, también se frena el crecimiento de la producción. Por eso el problema del equilibrio entre producción y consumo no es una cuestión secundaria. Es una cuestión central para la dinámica económica.

—¿Cuál sería entonces el desafío que tenemos por delante?

—El desafío es construir propuestas concretas que permitan recuperar el equilibrio perdido. No se trata de repetir una fórmula de 1931. Se trata de tomar el principio y buscar formas contemporáneas de aplicación. La economía actual es diferente, la tecnología es diferente, las relaciones laborales son diferentes y los mercados financieros son diferentes. Pero el problema de fondo continúa siendo el mismo: cómo lograr que quienes participan en la producción puedan participar también de la propiedad del crecimiento que generan.

—Finalmente, usted plantea también un escenario internacional particularmente complejo.

—Sí. Hay que considerar que, si el hemisferio norte entra en guerra, va a requerir recursos y reservas del Cono Sur. Esto puede producirse mediante una conquista armada, lo que obviamente expandiría el conflicto, o mediante una política inteligente de abastecimiento de los contendientes, evitando quedar asociados a alguno de ellos. Para nosotros esto plantea una cuestión estratégica. El Cono Sur tiene recursos, territorio y capacidad productiva. El desafío consiste en utilizar esas condiciones de manera inteligente, evitando quedar subordinados a los intereses de los grandes centros de poder.

Y eso nos devuelve al problema inicial. La cuestión económica nunca es solamente económica. Cuando se concentra el capital, se concentra también el poder. Cuando se distribuye la propiedad, se distribuye capacidad de decisión. Por eso la discusión sobre el equilibrio entre capital y trabajo no es solamente una discusión sobre salarios o empresas. Es, en última instancia, una discusión sobre qué tipo de sociedad queremos construir y quiénes serán propietarios del crecimiento económico del futuro.

(1) Keynes publica el ensayo The Means to Prosperity (Medios para la prosperidad), donde ya defiende abiertamente los programas de obras públicas para combatir el desempleo y luego publica su obra cumbre: Teoría general del empleo, el interés y el dinero con el que revoluciona la economía y establece la intervención del Estado como pilar científico. En 1940s se consolidan sus ideas y se implementan masivamente en la posguerra para reconstruir Europa y dar origen formal al Estado de Bienestar.

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